La estrategia decorativa del verano es simple: hay que refrescar y matizar la abundante luz natural. Se imponen colores fríos y profundos, pero no excesivamente rigurosos: las gamas con componentes de gris, como el arena o el cobalto, dan una extraordinario resultado en el dormitorio: enfrían sin agobiar. La clave para insuflarles vida: el blanco.

Usar blanco sobre diversos materiales ofrece un color que se duplica. Al estar aplicado en telas, sobre madera o en complementos, el blanco se convierte en una gama infinita gracias a su vivo contraste con el color apagado de las paredes.
El componente gris del color más frío, como el azul usado en la paredes del dormitorio de la fotografías, destaca las texturas, los matices o el destello del blanco. De ese modo, el ambiente se enfría, y la gama del blanco se encarga de difundir y suavizar la luz natural.
Si se quiere añadir una nota extra de vitalidad, un toque de rojo con flores, fulares o algún detalle. La serenidad del ambiente agradecerá ese toque divertido.
Foto | BHG












